Jean-Claude Michéa: Entramos al periodo de las catástrofes

Con motivo de la publicación en italiano de los Mystères de la gauche (éditions Climats), el filósofo Jean-Claude Michéa concedió una entrevista al periodico italiano Repubblica que apareció el 19 de diciembre pasado. Se trata de una crítica corrosiva a las andanzas del socialismo contemporáneo y una exigencia, la de pensar “con la izquierda contra la izquierda”.

 

[Imagen: dibujo de Faye Moorhouse, The end of the world came and all hell broke loose.]

 

 

 

Repubblica: El resultado del voto a favor del Frente nacional en las elecciones regionales recientes ¿es una sorpresa?

 

Jean-Claude Michéa: Al contrario. No hay nada más lógico que este ascenso continuo del voto a favor del FN entre las clases populares. No solamente, en efecto, a la izquierda oficial ya solo le interesa la economía de mercado (la “izquierda de la izquierda” por su parte, solo cuestiona los “excesos” neoliberales), sino que, como Pasolini lo había ya señalado, parece que para esta es una cuestión de honor celebrar con entusiasmo todas sus implicaciones morales y culturales. Para el regocijo, claro, de una Marine Le Pen que, una vez que se expulsó el reaganismo de su padre, ¡puede ahora darse el lujo de citar a Marx, Jaurès o Gramsci!

Por supuesto, una crítica puramente nacionalista del capitalismo global no brillará nunca por su coherencia filosófica. Pero desafortunadamente es la única —en el desierto intelectual francés— que se opone a lo que viven realmente las clases populares. Si no sabemos llevar a cabo una revolución cultural análoga a la de Podemos en España, el FN tiene la vía libre ante él.

 

Repubblica: ¿Cómo explica usted esta evolución de la izquierda?

 

Lo que seguimos llamando la “izquierda” es un producto derivado del pacto defensivo establecido, a inicios del siglo XX (y ante el peligro que entonces representaba la derecha nacionalista, clerical y reaccionaria), entre las corrientes mayoritarias del movimiento socialista y esas fuerzas liberales y republicanas, que se encomendaban ante todo a los principios de 1789 y a la herencia de la Ilustración (¡que también incluye —lo olvidamos siempre— la economía política de Adam Smith y de Turgot!).

Como Rosa Luxemburg lo había inmediatamente asentado en sus textos sobre el Caso Dreyfus, se trataba de una alianza particularmente ambigua, que si bien hizo posibles  muchas luchas emancipadoras hasta los años sesenta, no podía desembocar, una vez eliminados los últimos vestigios de la derecha del Antiguo régimen, más que en la derrota de uno de los dos contrincantes presentes.

Es exactamente lo que sucederá a finales de los años setenta, cuando la intelligentsia de izquierda —encabezada por Michel Foucault y Bernard Henri-Levy— terminará convenciéndose de que el proyecto socialista es “totalitario” en esencia. De ahí el repliegue progresivo de la izquierda europea hacia el viejo liberalismo de Adam Smith y de Milton Friedman, y el abandono correlativo de toda idea de emancipación de los trabajadores. Por eso sigue pagando hasta ahora el costo electoral.

 

Repubblica: ¿Cómo es qué lo que usted llama la “metafísica del Progreso” pudo conducir a la izquierda a aceptar el capitalismo?

 

La ideología progresista se basa en la creencia de que existe un “sentido de la Historia” y por lo tanto en que todo paso constituye siempre un paso hacia la buena dirección. Esta idea resultó globalmente eficaz mientras no se trataba más que de combatir al Antiguo régimen. El problema es que el capitalismo —debido a que se basa en la acumulación del capital sin “ningún límite natural ni moral” (Marx)— es en sí mismo un sistema dinámico cuya lógica lleva a colonizar gradualmente todas las regiones del planeta y todas los campos de la vida humana.

El “progresismo” de la izquierda, al invitarla a enfocar su lucha únicamente contra el “viejo mundo” y las “fuerzas del pasado” (y de ahí, entre otras, la idea surrealista —que comparten la mayoría de los militantes de izquierda— de que el capitalismo sería un sistema estructuralmente conservador y vuelto hacia el pasado), le haría cada vez más difícil todo enfoque realmente crítico de la modernidad liberal. Y lo llevaría hasta confundir —como sucede ahora— la idea de que “el progreso no se detiene” con la idea de que el capitalismo no se detiene.

Dicho en otros términos, es como si la expansión continua del concreto en el mundo, la alienación consumista, la industria genético-química de Monsanto o los delirios transhumanistas de los amos de Silicon Valley pudieran constituir la base ideal de una sociedad libre, igualitaria y amigable.

 

Repubblica: En este contexto, ¿cómo puede seguirse diferenciando la izquierda de la derecha?

 

Una vez que la izquierda oficial se convenció definitivamente de que el capitalismo era el horizonte que no se podía rebasar en nuestro tiempo, su programa económico se volvió naturalmente cada vez más indiscernible del de la derecha liberal (que cada vez tiene menos que ver con la derecha monárquica y clerical del siglo XIX). De ahí que, desde hace treinta años, su tendencia a buscar en el liberalismo cultural de las nuevas clases medias —es decir en el combate permanente de esos “agentes dominados de la dominación” (André Gorz) contra todos los “tabúes” del pasado— el último principio de su diferencia política.

Evidentemente eso era olvidar que el capitalismo constituye un “hecho social total”. Y si la clave del liberalismo económico es ante todo —como quería Hayek— el derecho de cada quien de “producir, vender y comprar todo lo que pueda ser producido o vendido” (ya se trate de drogas, de armas químicas, de un servicio sexual o del vientre de una “madre de alquiler”), se debe lógicamente concluir que no se conformaría con ningún límite ni ningún “tabú”. Lleva en cambio —según la célebre fórmula de Marx— a hundir progresivamente todos los valores humanos “en las aguas congeladas del cálculo egoísta”.

Si entonces admitimos con Georges Orwell que las clases populares, a diferencia de las élites políticas, económicas y culturales, están todavía de manera masiva atadas a los valores morales —específicamente aquellos en los que se basa la civilización cotidiana y el sentido de la ayuda mutua— nos explicamos entonces sin dificultad su poco entusiasmo ante esta deriva liberal de la izquierda moderna.

Esto por supuesto no significa que tengamos que desinteresarnos de las cuestiones llamadas “societales” (como, por ejemplo, la lucha contra el racismo o contra la homofobia). Pero basta haber visto Pride —la maravillosa película de Matthew Warchus— para comprender que una lucha de este tipo no es nunca tan eficaz como cuando logra articularse realmente a una verdadera lucha popular. Pues bien, esa es claramente una articulación cuyo secreto ha perdido la izquierda moderna.

 

Repubblica: Usted considera el que la izquierda haya aceptado el capitalismo como un error. Hay quienes podrían ver ahí, en cambio, una prueba de su realismo. ¿Por qué en tales condiciones piensa que es necesario llamar a pensar “con la izquierda contra la izquierda”?

 

La fase final del capitalismo —escribía Rosa Luxemburg en 1913— se manifestará mediante “une periodo de catástrofes”. No hay mejor manera de definir la época en la que estamos entrando.

Catástrofe moral y cultural, porque ninguna comunidad puede mantenerse de forma duradera basándose en el “cada quien para sí mismo” y en el “interés bien comprendido”.

Catástrofe ecológica, porque la idea de un crecimiento material infinito en un mundo finito es la utopía más loca que una mente humana haya jamás concebido (y eso sin hablar de los efectos de ese crecimiento sobre el clima o la salud).

Catástrofe económica y financiera, porque la acumulación mundializada del capital (o si se prefiere, el “crecimiento”) está topando con lo que Marx llamaba su “límite interno”. A saber, la contradicción que existe entre el hecho de que la fuente de todo valor agregado —y por lo tanto, de toda ganancia— es el trabajo vivo, y la tendencia contraria del capital, bajo el efecto de la competencia mundial, de incrementar su productividad remplazando sin cesar ese trabajo vivo por las máquinas, computadoras y robots (el hecho de que las “industrias del futuro” no crean proporcionalmente más que pocos empleos confirma ampliamente el análisis de Marx).

Los “neoliberales” creyeron durante un tiempo que podrían superar esa contradicción imaginando —a principios de los años ochenta— una forma de crecimiento cuya industria financiera, una vez que se hubiera desregulado, podría constituir el principal motor. El resultado es el que volumen de la capitalización de la bolsa mundial es ya ¡veinte veces superior al PIB planetario mundial en la actualidad!

Eso es tanto como decir que el “problema de la deuda” se volvió definitivamente insoluble (incluso si se llevaran las políticas de austeridad hasta el restablecimiento de la esclavitud) y que tenemos ante nosotros la mayor burbuja especulativa de la historia, que ningún progreso de la “economía real” podrá ya, eventualmente, impedir que estalle. Nos dirigimos pues, a grandes pasos, hacia ese límite histórico en el que, según la fórmula célebre de Rousseau, “el género humano perecerá si no cambia su manera de ser”.

Ahora bien, esa era precisamente toda la fuerza de la crítica socialista original, el haber comprendido, desde el umbral de la revolución industrial, que un sistema social orientado a la sola búsqueda de la ganancia privada acabaría inevitablemente llevando a la humanidad a un impasse. Es pues, paradójicamente, el momento mismo en que el sistema social comienza a resquebrajarse por todos lados bajo el peso de sus propias contradicciones, el que la izquierda europea eligió para reconciliarse con él y pensar como “arcaica” toda crítica aunque sea mínimamente radical. ¡De verdad que era difícil apostar de manera más equivocada!

 

Entrevista realizada por Fabio Gambaro

Traducción del francés de Dulce María López Vega

BibliObs, Le Nouvel Observateur, 26 de diciembre de 2015

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